Existe un cierto tipo de literatura infantil que no creo que ningún adulto pueda leer sin estremecerse. Los espantosos sufrimientos de los protagonistas de los cuentos de Andersen o de los Hermanos Grimm. La visita de Alicia al País de las maravillas que visto con ojos de adulto bien podría llamarse de las pesadillas. La visión desoladora de la naturaleza humana que nos queda después de leer los Viajes de Gulliver. O la masacre final con que culmina el viaje por el tiempo del yanqui que viaja a la corte del rey Arturo.
Los detalles del libro se habían desdibujado por el paso del tiempo. Recordaba que el protagonista se despierta en la corte del rey Arturo. Gracias a sus conocimientos modernos se convierte en la mano derecha del rey. Intenta modernizar el país pero la cosa acaba mal. Termina enfrentándose con un pequeño grupo de fieles a los caballeros del rey Arturo. Como están armados con ametralladoras modernas, alambre de espina, campos minados y dinamita matan a once mil caballeros. Al final, Merlín deja fuera de combate al yanqui que dormirá trece siglos y despertará para contar su historia a Mark Twain.
Recordaba el libro como una historia de aventuras cuyo telón de fondo es el enfrentamiento entre el oscurantismo y el progreso. Normalmente se piensa que Twain descargó en el protagonista la frustración que sufrió en sus diversas aventuras empresariales- especialmente un nuevo modelo de imprenta- que le condujeron a la ruina.
Sin embargo la lectura sobre un incidente histórico, la batalla de Omdurman, me ha hecho volver a leer el libro y encontrarme con una lectura totalmente diferente.

En 1898, once mil soldados sudaneses murieron bajo las balas del ejercito britanico con solo cuarenta y nueve bajas inglesas.
En la reciente guerra de Irak se ha hablado mucho de la avanzada tecnología del ejercito de Estados Unidos frente a la cual la Guardia Republicana no tenía ninguna oportunidad autentica de victoria. Se ha dicho que esto era un cosa nueva cuando en realidad la asimetría – el hecho de uno de los bandos disponía de una tecnología más avanzada- es una constante en todo el proceso de expansión colonial desde sus inicios. Era igualmente invencible alguien armado con armaduras y mosquetes frente a un contrincante que solo dispone de armas de pedernal. Cuando esa ventaja desaparece – como sucedió en Little Big Horn –la supuesta superioridad del europeo por algún extraño motivo no se hace valer.
Así que he vuelto a leer el libro para ver hasta que punto puede entenderse como un análisis del proceso colonial. Al fin y al cabo, para las victimas del proceso los colonizadores procedian del futuro.
Lo primero que llama la atención es que Twain empezó a trabajar en el libro en el año de la Conferencia de Berlín Este donde las potencias coloniales decidieron repartirse África.
Esto permite leer el libro con otros ojos y de inmediato empiezas a encontrarte sorpresas.
El protagonista Hank Morgan es capataz de una fábrica de municiones. Twain le sitúa en Connecticut donde estaba la principal fábrica de armas de Colt. El tono humorístico de Twain y su habilidad como narrador nos hacen aceptar a Morgan. Pero Morgan es el tipo de patrón que normalmente resuelve las discusiones con sus empleados a puñetazos. (De hecho es una de esas peleas las que le envían de vuelta al pasado) E incluso en los tiempos de Twain aquello no era exactamente el ideal de persona razonable. En realidad el propio Morgan se autocalificara como déspota. Benévolo pero déspota al fin y al cabo. Lo que es más con una expresión que recuerda a Pizarro dice que en Siglo XIX era un don nadie pero su viaje le ha convertido en alguien importante.
Y por más que Morgan no hace más que hablar de democracia y de su preocupación por los más desfavorecidos no hace absolutamente nada al respecto. No tiene el menor escrúpulo en introducir los mayores cambios con el único y exclusivo fin de amasar riqueza. Pasan los años y las reformas sociales que supuestamente tanto le preocupan no se realizan.
Morgan crea una pequeña elite que le es fiel a título personal y cuando llega el momento de implantar una republica, ni para ellos, ni supuesto para él mismo, se le plantea la menor duda de que Morgan tiene que ser el Presidente.
Mientras tanto, las masas de Inglaterra se alzan contra él porque por más que ha introducido una tecnología contemporánea no ha conseguido, en realidad ni siquiera ha intentado, transmitir los valores que supuestamente defiende.
Que es más o menos como se desarrolló el proceso colonial que empezaba cuando Twain comenzó a escribir el libro.
Es conocida la antipatía de Twain contra la globalización. Hay cosas graciosas en el mundo, entre ellas la pretensión de los occidentales de ser menos salvajes que los otros salvajes. Su feroz y justificada critica de los misioneros cristianos en “A la persona sentada en las tinieblas” y sobre todo su brutal denuncia de la salvaje represión en Congo en “El soliloquio del Rey Leopoldo”. Que es entre otras cosas una obra pionera como fotoreportaje de denuncia con esa pagina final que nos muestra las fotografias de las vicitmas del castigo usual por rebelarse: la amputacion de una mano. Y destacar tambien la pretension recogida en el libro de que el rey Lopoldo deberia responder por sus crimenes ante una Corte Internacional.
Pero su simpatía por los más desfavorecidos viene de mucho más antiguo. Ya al principio de su carrera denuncia las injusticias que sufren los inmigrantes Chinos.
Creo que con toda justicia se puede considerar “Un yanqui en la Corte del Rey Arturo” como una predicción del fracaso del proceso colonizador y una advertencia que no fue escuchada.
Normalmente dentro de la literatura de ciencia ficción se suele considerar sus herederos todo el subgénero de las novelas en el que el protagonista viaja al pasado e intenta introducir una tecnología más avanzada. En realidad esto no preocupa lo más mínimo a Twain que pasa por alto todo el proceso y creo que con igual justicia se podría considerar entre su descendencia el cuento “Mozart con gafas de espejo”, de Bruce Sterling y Lewis Shiner que nos ofrece una visión de pesadilla del saqueo del pasado.Sirva en cualquier caso lo anterior para apuntar que el libro demuestra una calidad que normalmente se asocia a los clásicos como es permitir nuevas lecturas conforme el lector va madurando.
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3 respuestas hasta el momento ↓
santiagozky // Noviembre 21, 2007 a 3:01 am
lei el libro hace ya varios años, tenia unos 12 o 14 años tal vez. Volveré a leerlo haber que tal
manu // Noviembre 21, 2007 a 10:06 pm
Muy interesante entrada.
¿Déspota benévola? Ejem, ejem, qué peligro…
LA DOCTRINA DEL SHOCK DE NAOMI KLEIN « Hoy no me pienso ahorcar // Noviembre 25, 2007 a 3:51 pm
[...] Un yanqui en la corte del rey Arturo revisado. Tagged with: actualidad, eduardo galeano, Fanatismo, globalizacion, naomi klein [...]