- Desde el principio de los tiempos, la humanidad ha soñado con la posible existencia de seres diferentes, recogidos entre otros por Plinio el Viejo en su Naturalis historia, seres humanos dotados de un solo ojo, de un solo pie, con el rostro en el estómago y así hasta agotar cualquier permutación que la imaginación permita.
Sin embargo, desde que Darwin descubrió que no hay especies inmutables, ni siquiera la propia humanidad, nuestra imaginación se ha centrado en lo que podría depararnos el futuro.
- Bifurcados
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H. G. Wells estudió la teoría de la evolución con T. H. Huxley, y en La máquina del tiempo demostró lo que había aprendido. Nos enseña un mundo futuro en el que la humanidad se ha bifurcado: miles de años trabajando en fábricas subterráneas han conducido a los morlocks mientras que la vida de lujo en los jardines ha producido los etéreos elois. Los morlocks son diligentes y mantienen viva la tecnología pero son brutales. Los elois son tan bellos y delicados como estúpidos. En ambos casos, algo se ha perdido.
La obra, entre otras cosas, refleja la brutal división de clases de la sociedad victoriana en la que fue escrita. Para una visión diferente de una época diferente podemos dirigidos a El hijo del hombre de Robert Silverbeg en la que acompañamos a un hombre del siglo XX a un remoto mundo futuro donde la variación es extrema. Los seres humanos se han convertido en criaturas similares a los tiranosaurios, a las mantas rayas o a las cabras o incluso transformarse en nubes. Nos plantea la cuestión de lo que es ser humano y nos invita a sentir placer en la diversidad y, por qué no, en lo psicodélico del planteamiento. Cuerpos de diseño
Mientras tanto T. H. Huxley había tenido un nieto Aldous, que en Un mundo feliz nos dice que si la humanidad va a evolucionar es posible que ella misma tome las riendas de los procesos. Vemos así como la humanidad se ha escindido en castas: Alfas, Betas, Gammas, Deltas y Epsilones. De vigor creciente e inteligencia decreciente. Todos son “felices” porque cumplen con la tarea a la que han sido destinados desde su nacimiento. Es una sociedad funcional pero estancada donde el espíritu humano sobrevive en las reservas de salvajes.
Los avances en el conocimiento del genoma humano han hecho cualquier cosa menos disipar estas preocupaciones. En esto sentido tenemos la excelente película Gattaca de Andrew Niccol muy vinculada temáticamente a Huxley.
- Maquinarias
Sin embargo también se vislumbra un camino alternativo. Si desde la obra de La Mettrie L´Homme-Machine, de 1747 puede considerarse el cuerpo humano como una máquina en la que se abre camino la posibilidad conceptual de fusionarse con la misma.
Nace así la palabra ciborg. Por un lado, la presencia de miembros artificiales cada vez más avanzados como es el caso del protagonista de La luna es una cruel amante de Robert Heinlein, que compensa la pérdida de un brazo con un juego de brazos artificiales. Por otro también es posible que la unión con la máquina nos convierta en algo diferente, en Homo plus de Frederick Pohl un astronauta es sometido a una serie de intervenciones que le permiten sobrevivir en la superficie de Marte convirtiéndose en el ser nuevo que da titulo al libro.
Sin embargo, la unión definitiva con la máquina nos la ofrece William Gibson con Neuromante. Para los hackers que describe la carne no es más que un impedimento. Lo que ansían es moverse como conciencias incorpóreas por la Red. En multitud
Volviendo a la visión del ser humano como un ente situado en un entorno concreto nos obliga a prestar atención a dicho entorno. Thomas Malthus en su Primer ensayo sobre la población nos advirtió, ya en 1798, que los recursos no son infinitos y no pueden soportar un crecimiento ilimitado de la población humana.
Quizás la mejor visión de un mundo donde hay demasiada gente no las ofrece John Brunner con Todos sobre Zanzíbar que nos presenta un mundo cinco minutos en el futuro al borde del colapso, utilizando las técnicas narrativas de John Dos Pasos. En un rincón de África nos ofrece un resquicio de esperanza si el ser humano puede abandonar su imperativo territorial.
Alimentos
Pero si el hombre forma parte de un ecosistema no tiene necesariamente que ocupar la cima. Volviendo a H. G. Wells en La guerra de los mundos nos muestra el contacto de la tierra con una civilización alienígena más avanzada que considera los seres humanos un recurso natural que es lícito consumir. Cuando uno de los personajes manifiesta su horror ante el espectáculo, otro se pregunta qué pensarían conejos inteligentes sobre lo que nosotros hacemos con sus congéneres.
Esta idea da lugar a uno de los cuentos clásicos de la ciencia ficción “Como servir al hombre” de Damon Knigth. ( El verbo del titulo no hacer referencia a prestar un servicio)
La idea fue retomada recientemente en Bajo la piel de Michael Faber que nos habla de una mujer que secuestra autostopistas en Escocia. Los secuestrados terminan en una granja alienígena destinados a proporcionar filetes al mercado extraterreno. Toda una meditación sobre la crueldad que sufren los débiles.
El hombre-hembra
Una de las dudas más corrientes en el sexo es que los hombres se pregunten lo que sienten al practicarlo las mujeres, y viceversa. Esa duda no existe en el planeta Invierno descrito por Ursula Le Guin en La mano izquierda de la oscuridad donde la humanidad ha mutado para dejar de tener rasgos sexuales fijos. La aventura del embajador terrestre en Invierno sirve para mostrarnos un mundo donde nadie está limitado por los roles sexuales que impone la sociedad.
La otra cara de la moneda nos la ofrece Joanna Russ en El hombre-hembra que nos presenta un mundo en que los varones han desaparecido y solo sobreviven las mujeres que se reproducen mediante técnicas de laboratorio. El regreso de los hombres, “simios con rostro humano” para la narradora, no será una buena noticia. En palabras de Emilio Serra, no es tanto una novela como un grito de rabia justificada.
Exeunt omnes
Pero no sólo tiene que desparecer el hombre, también la mujer. Todos nosotros.
En su otra novela de ciencia-ficción The last man, Mary Shelley describe el viaje de quien cree ser el último hombre vivo en una Europa devastada por la plaga. Desde entonces las visiones de la desaparición de la humanidad se han sucedido algunas violentas otras conmovedoras como La tierra permanece de George Steward que nos muestra cómo la naturaleza va borrando todo rastro de que alguna vez el ser humano hubiese habitado el planeta Tierra.
En una variación de esta idea el último hombre vivo se enfrenta a la especie que nos ha de suceder. Así el protagonista de Soy leyenda de Richard Matheson es el último hombre normal en un mundo habitado por vampiros resultado de una plaga radioactiva. Al final del libro nos planteamos lo relativo que es el concepto de normalidad.
Hay también visiones de una extraña fascinación como El mundo sumergido de Ballard donde, a consecuencia del deshielo de los Polos, vemos las grandes urbes convertidas en pantanos habitados por formas de vida que recuerdan eras pretéritas.
Más allá
Pero nuestros sucesores no tienen que ser ni mejores ni peores. Lo más posible es que sean sencillamente diferentes por más que la etiqueta habitual que se les aplica en la ficción es la de homo superior o, más coloquialmente, mutante.
El concepto es popularizado por el cine norteamericano de la década de los cincuenta del pasado siglo, pero es en 1968 cuando el concepto alcanza su madurez con 2001: una odisea en el espacio obra de Stanley Kubrick y el novelista Arthur C. Clarke. A lo largo de una trama que va desde la prehistoria al futuro próximo se nos muestra como una misteriosa presencia alienígena, representada por un monolito de piedra negra, interviene en la evolución de la humanidad hasta que aparece algo nuevo y diferente que vislumbramos al final como un feto flotando entre las estrellas.
Un país por descubrir
Si tuviese que elegir una posible visión del futuro de entre las muchas que hemos comentado, me quedaría sin duda con la que utilizó Chesterton para el comienzo de su primera novela El Napoleón de Nothing Hill: “La raza humana, a la que pertenecen tantos de entre mis lectores, ha estado jugando a juegos de niños desde el principio y seguramente seguirá haciéndolo hasta el final… Uno de los más populares es “engañar al profeta”. Los jugadores escuchan con mucha atención y respeto todo lo que los sabios tienen que decir sobre lo que sucederá en la siguiente generación. Después los jugadores esperan hasta que todos los sabios se mueren y les entierran con todos los honores. Entonces van y hacen algo distinto de lo que habían dicho los sabios. Eso es todo pero para una raza de gustos sencillos es, sin embargo, algo muy divertido”.
Así que demos por terminada estas líneas con un brindis por las sorpresas y por las esperanzas de que el futuro nunca deje de deparárnoslas.
(Publicado originalmente en Generación XXi)
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3 respuestas hasta el momento ↓
kelemvor // Noviembre 28, 2007 a 6:13 pm
Muy muy interesante!!
Creo que gracias a este artículo ya tengo lecturas obligadas más que suficientes para el resto de mis días!!
arturovillarrubia // Noviembre 28, 2007 a 6:15 pm
Gracias!
manu // Noviembre 28, 2007 a 11:12 pm
Buen artículo, sí señor.