Estas son unas fechas profundamente contradictorias: por un lado se supones que es una época profundamente espiritual – amistad, familia, paz y todo eso - pero por otra la mayor preocupación de estos días es el consumo ostentoso, a menudo por encima de nuestras posibilidades, y un placer supuestamente compartido.
Y digo supuestamente compartido porque empachos, indigestiones y discusiones con familiares son tan típicos como cualquier cosa de esta época donde lo más frecuente no es terminar el año con la satisfacción de haber tomado contacto con tu familia en paz y armonía sino con resaca, preocupado por perder esos kilos de más que has cogido y pensando de donde demonios vas a sacar el dinero para hacer frente a los gastos que has incurrido.
Ante semejante panorama podemos recurrir a la guía del hombre más calumniado del mundo clásico: Epicuro.
Epicuro nos enseña que la felicidad es la búsqueda del placer.
Pero en seguida matiza la afirmación para decir que un placer es mayor a más lo disfrutamos y menos consecuencias negativas tiene. Es decir que disfrutar del vino es algo bueno pero si terminar con resaca y el estomago destrozado no es una buena idea.
Es decir que el placer debe ser natural y sin consecuencias negativas.
Si sometemos al examen epicúreo a los excesos navideños el panorama se clarifica de inmediato.
¿Comprar eso que tanto te apetece? Perfecto. Adelante pero no si vas a estar angustiado para pagarlo después.
¿Una buena comida? Ya está tardando pero… ¿ese plato lujoso te gusta de verdad? ¿No estarías igual de satisfecho con algo más sencillo?
¿Amigos? Por supuestos siempre que sean de verdad tus amigos…
Como digo la cosa se aclara de inmediato.
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