A veces uno piensa en lo que a los demás les resulta más fácil creer.
En la cueva de Shadinar en Irak se ha encontrado el cadáver en posición durmiente de un muchacho neandertal rodeado de polen de flores. Presumiblemente este polen procede de guirnaldas de flores que se colocaron en torno al cadáver.
Y sin embargo…
“No todo el mundo aceptó esta interpretación, inclinándose muchos en su lugar por una explicación más prosaica: que los granos hubiesen atravesado los sedimentos o que hubieran sido depositados por algún animal que excavó en el suelo para construir en él su madriguera” (Stringer y Gamble “En busca de los Neandertales”).
¿Una filtración en sedimentos que casualmente adopta la forma de un círculo en cuyo centro se encuentra un cadáver? No soy un experto en estadísticas pero las probabilidades de que algo así como fruto del azar me parecen incalculablemente remotas. Porque si consideramos que alguien colocó un circulo de flores sobre la tumba ya cubierta cuyo polen posteriormente se filtró… La otra posibilidad me parece no menos remota. ¿”Algún animal” hasta ahora desconocido que se revuelca entre las flores y después cava túneles en torno a esqueletos? No creo que figure ni en el borgiano libro de los seres imaginarios.
Francamente, en mi modesta opinión, el filo de la navaja de Occam cae del lado de que nos encontramos ante un ritual de enterramiento.
El problema es que esto choca prontamente con el concepto de evolución creativa de Bergson que sigue estando muy presente. Es una idea religiosa que la teoría evolutiva del equilibrio puntuado – a pesar de los compromisos adoptados por Stephen Jay Gould- pone en muy serias dudas. O somos el producto de una evolución de organismos inferiores a superiores o somos el fruto de un accidente cósmico. Y encontrar una criatura que no es el homo sapiens que muestra algo que una y otra vez se nos repite que es único de la humanidad. Refuerza la segunda hipótesis.
Bienvenidos al vértigo.