Al igual que otros muchos me he sentido incomodo a consecuencia de la manifestación propiciada por los obispos el pasado 30 de diciembre.
No ha sido por su pretensión de influir en el resultado de las elecciones generales. Esto me parece tan perfectamente legítimo como mi deseo de influir en un sentido que no coincide con el formulado por las autoridades eclesiásticas. No es por las simplezas demagógicas que se vertieron en el mismo. Quieras que no esta viene siendo la tónica en nuestra vida política y seria injusto aplicar un doble rasero de medir a los obispos. Aunque la verdad sorprende dolorosamente escuchar estas cosas de gente a la que se supone formada en la sutileza de los razonamientos teológicos y en la brillantez dialéctica de la patristica.
No es eso.
Lo que me incomoda es que se presenta como portavoces de un conjunto de verdades eternas con las que al parecer pretende gobernar todos los asuntos de nuestras vidas. De los grandes a los más pequeños (Como recordemos que no hace tanto se consideraba inadmisible que una mujer entrase en un templo con medias trasparentes).
Por supuesto su posicionamiento ha sido contestado de inmediato por Gaspar Llamazares portavoz de otro conjunto de verdades eternas.
La cosa es que yo desconfió profundamente de la gente que tiene verdades eternas de este tipo. Si los obispos nos dijesen que los valores que piensan que toda la sociedad son los de los diez mandamientos o las bienaventuranzas no creo que nadie tuviese mucho que objetar. Excepto que por algún extraño motivo, como apuntaba Kurt Vonnegut, los lectores de los mandamientos suelen saltarse las bienaventuranzas. Nadie va discutir lo de “no matarás” o “bienaventurados los humildes”. Pero es que esta gente pretende tener la respuesta definitiva y permanente para todos los asuntos humanos. No importa que esta respuesta cambiara con el tiempo y no lo reconozcan, lo imperante es la pretensión.
Y no me gusta absolutamente nada porque niega lo que para mí es una de las mejores características del ser humano: aprender de los propios errores.
Le preguntaron a Bertrand Russell si estaría dispuesto a morir por sus ideas y contestó que por supuesto que no porque podría estar equivocado.
Le preguntaron en una ocasión a Abraham Lincon por un cambio de postura que había tenido en un asunto. Contestó que personalmente tenia en poco al hombre que no era cada día un poco más sabio y que en muchas ocasiones se había comido sus palabras y las había encontrado una dieta saludable.
Decía Herman Hesse que la verdad es solo una pero como el diamante tiene muchas facetas.
Alabemos pues a hombres tan sabios.