En la edición de hoy de “El País” me encuentro con el siguiente párrafo en la sección de la cuarta página:
Pocas sentencias han quedado tan anticuadas y en tan poco tiempo como aquella célebre de Bertolt Brecht según la cual “primero es el comer y luego viene la moral”. La pronuncia uno de los protagonistas de su Ópera de los tres centavos, en la canción ¿De qué vive el hombre?, a la que puso música Kurt Weil y que fue estrenada en 1928. En ella retrata las típicas hipocresías que fueron el objeto predilecto de sus denuncias. En este caso, una mafia de mendigos en el Soho londinense del siglo XVIII, que trataba de aprovecharse de la compasión de los paseantes. Esta afirmación tiene pleno sentido en el contexto de criticar la doble moral; al contraponer las necesidades fundamentales y los deberes de la conciencia, la urgencia de sobrevivir y el lujo de las sutilezas morales, sitúa el discurso moral en su suelo vital al que necesariamente remite. La moral no debe servir para hacer la vida imposible.
Ante semejante revoltijo uno no sabe demasiado como ponerle orden. Pero manos a la obra, lo primero es la inocencia de pensar que el punto de vista de un personaje se corresponde literalmente con el del autor. La frase no es del propio Brecht sino de uno de sus personajes. Recordemos que en la ficción es perfectamente licito que un personaje de ficción disienta de su creador. Así que ni Flaubert ni Tolstoy defendieron el adulterio, ni Arthur Miller la caza de brujas ni Brecht defendió… no se sabe muy bien que. ¿Con una frase que se ha quedado anticuada en solamente ochenta años?
Desde luego llama la atención que si la obra trata de unos mendigos que tratan de aprovecharse de la compasión de los paseantes parece un poco incomprensible que el argumento sea que primero la comida y luego la moral.
Esto es debido a que ni la obra trata de eso, ni la canción habla de eso y el autor del artículo o bien no tiene la más remota idea de lo que habla o lo tergiversa para incurrir en lo que en lógica se llama la falacia del hombre de paja: Poner en boca de su contrario cosas que no ha dicho para después rebatirlas.
En realidad la obra, Die Dreigroschenoper, trata del enfrentamiento entre MacHeath, Mac el navaja ( un asesino y un violador), y Jonathan Jeremiah Peachum, un mafioso que controla los mendigos de Londres ( que no es tampoco el Londres del XVIII). MacHeath ha cometido el error imperdonable de casarse con la hija de Peachum y Peachum quiere que MacHeath cuelgue del cuello hasta morir. Lo único que se interpone en su camino es un jefe de policía corrupto, Tigre Brown, que es amigo de infancia de MacHeath. La compasión de los viandantes que invoca el articulista brilla por su ausencia.
Entrando en materia de la canción, Dreigroschenfinale, es cantada al final del segundo acto por MacHeath. Veamos la letra:
Caballeros que os consideráis destinados
A purgarnos de los siete pecados capitales,
Tendrías antes que considerar como somos alimentados
Antes de empezar con vuestros sermones, la cosa empieza ahí.
Vosotros que predicáis la abstinencia
Y además vuestra dieta vigiláis.
Enteraos de una vez como funciona el mundo
Y que por muchas mentiras que contéis
Y por mucho que retorzáis las cosas,
Lo primero es la comida, después va la moral.
Así que estad seguros que los que ahora se mueren de hambre
Tengan buenas raciones, y entonces nos comportaremos.
¿De que vive la humanidad?
Del hecho de que se tortura a la gente por millones,
Se les silencia, se les controla y se les oprime.
La humanidad vive gracias a su habilidad
Para acallar su conciencia.
Por una vez no huyáis de los hechos,
La humanidad vive de su brutalidad.
El artículo luego sigue con una farragosa y confusa disquisición sobre lo que el autor llama Food Justice ignorando que hay términos en castellano para lo que el describe y que también está lleno de omisiones clamorosas. Ni una mención a la FAO que se dedica a lo que trata este artículo desde 1945. Hay también una tendencia absolutamente preocupante de mezclar justicia y moral que son dos cosas muy diferentes.
Pero uno no se puede quejar cuando el artículo empieza tergiversando o ignorando a Brecht.
El autor es al parecer profesor, pues su articulo ha merecido para este lector un rotundo suspenso.